La sensibilidad inundaba los rincones del aula y, por supuesto, de su alma. Aunque era distraída y un poco asustadiza siempre iluminaba al mundo con una sonrisa. No es de grandes manos pero estas eran el lienzo con el cual dibujaba en sus alumnos alegrías infinitas en sus mejillas. Casi siempre hablaba mucho, las letras recorrían las paredes pero sus silencios invitaban a la reflexión y a la inspiración. No conocía de números, pues estos la llenaban de ira, pero sabía contar buenas historias que a más de uno sacaría un suspiro. Su motivación eran los libros y la educación, pero más allá de eso, era el amor hacia la transformación de un mundo mejor y aunque podría pasar noches eternas llorando y pensando siempre encontraba la manera de aliviar el alma de sus estudiantes con una sola palabra o un abrazo.
El ser maestro va más allá de enseñar, hay que educar con el alma y aprender a amar.
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