Una cárcel en su cuerpo, Shirley López Caro.
Domingo. Un
día más en que, él, guardaba para sí mismo todos sus pensamientos y deseos, por
la represión que sentía de parte de su familia. Ellos esperaban el hijo
perfecto, el hermano perfecto, la persona perfecta. Esto significaba “agradar a
Dios en todos los sentidos.”
Frustrado se
encontraba por no expresar lo que realmente le apasionaba; por no poder
representar lo que a gritos quería ser y mostrar ante el mundo. Pero se sentía
culpable de ser el reflejo impuro para las demás almas que lo observaban.
En lo
oculto, se ponía las prendas que realmente lo identificaban; en silencio,
practicaba los pasos que le apasionaban y, sin pedir permiso, se unió al amor
que tanto esperaba. En aquel momento se sitió completo, pero realizar esto como
si fuera un delito, lo atormentaba.
Poco a poco
se dio cuenta de que Dios no tenía nada que ver con los prejuicios, pues, como
un ser que sabía realmente cómo se sentía ¿iba a estar satisfecho al verlo en
una cárcel de carne y hueso? Concluyó que no estaba dispuesto a vivir los
sueños de otros, mientras su vida por este mundo pasaba…
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