Reinicio
Manuel Arturo Díaz Gamba
El
desprecio colmó la realidad de mi existencia.
La bruma fue contundente y las lágrimas puñales del tiempo, sostuve la
mirada, quizás por dignidad; el miedo era gobernador de cualquier acción. Cerré
la puerta, sostuve la mirada, esta vez, por la idea patética del “adiós”; pensé
en la lluvia. De mi muñeca abierta brotó gota a gota mi esencia; me senté,
guardé mis secretos y esperé a la muerte.
Por desgracia,
al despertar una nueva vida me esperaba; una vida simple, sin placer, sin dolor,
sin la posibilidad de mostrar mi ser, sin reglas de espacio-tiempo; en
conclusión, dejé de ser materia para ser parte del motor creador de la
existencia. Traspasé las paredes de la habitualidad humana y recorrí sus
refugios en busca de una razón que justificará mi nuevo ser.
Después de
eones encontré una casa singular, pequeña. Allí habitaba una mujer de corta
edad, con cabello color madera, labios dulces y jugosos, semejantes a una
sandía, ojos dueños del invierno y palabras lo suficiente afiladas para
traspasar la conciencia, el alma y el cuerpo de cualquier humano. Su rutina era insignificante. En las mañanas, al medio despertar, activaba
una especie de vitrina donde resplandecían cuadros con nombres, algunas veces,
una voz masculina ordenaba: “Encender cámara” y en el cuadro con los nombres
aparecía el rostro de la persona. A una hora determinada, ella decía: “Gracias,
profe.” Posterior, se levantaba, iba al baño, se duchaba, procedía a cubrir sus
piernas con medias de encaje, sus senos con un sostén color Vinotinto, combinaba con las medias y
el panty que cubría su sexo. Luego un vestido que traspasaba su cuerpo. Al
final, se retiró de la casa. Tal combinación, a ojos de la humanidad, despertaba
la concupiscencia. La consecuencia de las imágenes anteriores obligó a la
intriga a secuestrar mi ser poco mortal. Observé a la humana.
Ella regresó
con un hombre próximo a la muerte. Él la besó y palpó el fruto prohibido de su
edén; ella, muy obediente a su profesión, fingió placer. Un pequeño temblor fue la señal para entender
que él había terminado. Ambos se vistieron y él le pagó según el acuerdo
clandestino. Ella permitió a tres hombres realizar el mismo procedimiento. Por
último, cerró la puerta, se sentó en el suelo y la tormenta eclipsó sus ojos al
punto de causar un caos en el vacío de su moral; se juzgó, se culpó y se
castigó con su propia miseria. Al día
siguiente Repitió la misma rutina.
Decidí
mantener la observación del espécimen a tiempo mortal indefinido. Todo iniciaba
con un maestro limitado a la luz de una vitrina para comprobar la existencia
sus alumnos, la soledad dominante, la mentira de la lujuria, retorcerse en las
sabanas del sufrimiento y terminar en el ahogo del vacío de una vida que
gritaba: “Sálvame.”
Un día
cerró la puerta, sus ojos cayeron en duelo con las gotas de dolor que
desprendían, quizás harta de la situación, tomó un cuchillo, se miró al espejo,
y cortó su muñeca en sentido vertical, la sangre deslumbró. Volvió y sé miro en
el espejo. Sus ojos de invierno conquistaron su silencio provocando un grito desesperado
en su “adiós” para soltar la miseria guardada en los labios de los secretos. Al
escapar, sentí de nuevo dolor, placer, frio y hambre, caí en la pobreza de la
verdad y mis ojos se tornaron azules, fríos y cortantes. Cuatro puñaladas sentí en mi ser, de mi
muñeca un rio de vida nació y descansé en una cama de espinas, hecha de
recuerdos que deseaba olvidar.
El infierno
es interesante, me castiga, me somete, me obliga a buscar algo que me parezca seductor,
algo que provoque algún sentimiento y para mi desgracia, lo único capaz de seducirme,
de provocar mis sentimientos mortales, en toda la eternidad, es observar mi
propia muerte.
Comentarios
Publicar un comentario