Los Caines

 Los Caines

Recomendaciones: antes de iniciar con el siguiente escrito deberás escuchar y leer los

subtítulos de la canción “ Gangsta’s Paradise ft coolio” (Coolio, 2010) (Coolio,

youtube, 2018)

Pobreza y guerra quizás sean los conceptos que definen los barrios populares de la

ciudad de la eterna primavera. El sueño de ser el mejor Gangsta –una palabra del

inglés, proveniente de la vulgarización del término "Gangster" que, a su vez, se deriva

de "gang", cuya traducción puede ser "pandillero" o "banda"– vive en la mentalidad de

él. Lo más probable es que en cada barrio haya un Pollo.

Pollo es el apodo que recibe de su familia de la calle, familia que no tiene interés

alguno por los integrantes de rangos bajos. El apodo lo recibe por su apariencia y

rango en el que se encuentra. La fidelidad es lo más importante, no solo en la calle sino

en todos los ámbitos sociales. Pollo está dispuesto a morir por personas que no

conoce, territorios que no gobierna, por seres amados que no lo aman y por sus

hermanos que lo ignoran.

Esos ojos negros expresan tanta hambre física como de poder, tristeza e inocencia. Sí,

es posible ser inocente en un mundo maquiavélico. A sus 16 años ha sufrido el dolor

del desprecio de su madre. Ella le niega el derecho de ser hijo; ¿cómo hablar de

derecho en un lugar que solo lo tienen las personas que poseen dinero? Muchos dirán

que nadie es responsable de dónde se nace, pero sí se es responsable de dónde se

muere, refrán que no aplica en esta ciudad, aquí nadie es responsable de la muerte.

Pollo es de contextura delgada, con su cabello hasta los hombros, con su acento paisa

monta-ñero (persona con dialecto vulgar de los barrios populares) y con su

vestimenta única y de segunda; “las prendas que le regalan las intenta modificar para

poder estar a la moda de sus hermanos. Si le regalan una camisa manga larga, le

recoge las mangas y a los zapatos los desamarra y le saca la lengua; en fin, a cada

prenda le hace su modificación para tener un mejor aspecto juvenil”.

Cada vez que logra ver a uno de los integrantes de la familia realiza un saludo muy

expresivo, moviendo las manos y gritando ¡mi hermano! Cuando tiene la oportunidad

de hablar con alguno, siempre pregunta por su estado actual, ¿mi hermano, cómo

está? ¿Cómo se encuentra la familia? Pero la respuesta es el silencio, ser ignorado.

Nadie le importa lo que pase con él, pero a él le importa lo que le pase todos.

Pollo tiene tres años de experiencia y ha realizado diferentes tareas: robo, venta de

drogas, guardia y vacunas a los locales. Estas tareas, son de sus hermanos mayores,

pero, claro, como tienen más poder, encargan a Pollo de ejecutarlas. Sus recompensas

son un ¡muy bien hecho! o quince mil pesos. ¡Quince mil! Eso cuesta la vida y la

libertad de Pollo. Este dinero lo debe destinar para alimentación; aunque sea de la

familia no le gusta ningún tipo de vicio, solo se preocupa por comer y, muchas veces,

solo le alcanza para algún chocorramo o cualquier otro mecato (dulces, gaseosas,

frituras). Sus anhelos son tan sencillos que a veces desearía tener una mamá que le

sirviera cualquier comida de sal. Estos pensamientos hacen que recuerde cuando su

antigua mamá le servía arroz con frijoles. Los recuerdos hacen que mire al suelo,

mientras las lágrimas recorren su rostro.


Su residencia es en ocasiones un QTH –casa dentro de un barrio que está destinada

para los integrantes de la familia delincuencial–. Estas siglas son otorgadas por un

código de radio frecuencia que significa “posición geográfica o ubicación” (club, 2020)

, otras veces debe pasar su noche en las calles o cualquier parque.

En el año 2019 inicia una guerra entre bandas delincuenciales en la ciudad, muchos de

los integrantes de la familia de Pollo son asesinados. Aunque no tiene nada para

perder le tiene miedo a la muerte, pero debe estar ahí para defender a su familia.

Las famosas “metidas” al barrio enemigo son acciones de muerte, es indispensable

hacer el mayor daño posible. Esta tarea le va tocar a Pollo este fin de semana.

—¡Ey, Pollo! Pilas pues, que para pararte duro con El Cucho tenés que matar alguno,

sin miedo y duro —su cuerpo tiembla al escuchar esto.

—Hermano, tengo miedo ¿y apenas me cojan? ¿Qué pasa si no mato a nadie? ¿Cómo

regreso? ¿Quién me recoger? —su futuro está escrito y no sabe que será el día en el

que definirá su vida.

—Relajate, ¿acaso te parece muy maluco que El Cucho te pague más y te dé una moto,

la que querás? Muy marica si no te metés sabiendo que esas oportunidades no se las

da a casi a nadie; qué no daría yo por hacer eso —poder de convencimiento—, mirá,

bobo, tranquilo que cuando estés allá y te tumbés al primero yo te voy a estar

esperando en la tienda de la esquina; la que tiene el letrero rojo.

—Hermano, sí, tengo suerte, pero tengo miedo y… —escucha un grito que no lo deja

terminar.

—¡Pollo, solo te digo esto!, o te metés o te tumban acá. Decidí, o tumbás o te tumban.

Ya sabés, tenés un día para pensarlo. Ahí en la cancha, debajo de las bancas del lado

izquierdo del árbol grande, está el fierro. Espero que lo cojás pa´ que te vas

familiarizando.

Al llegar el fin de semana el Pollo coge su mejor gorra y la camisa de buena suerte

que un día le regaló su antigua madre. No le importa que esté manchada y que le

queda pequeña, solo le importa que fue una de las pocas muestras de afectividad que

recibió de ella y esto convierte la prenda en algo muy preciado. Coge el bus que tiene

la bandera de Colombia, se monta y hace toda la ruta hasta llegar al barrio enemigo; se

baja en la cuadra de la tienda, para que cuando “tumbe” al primero esté cerquita para

irse. Pero al descender del vehículo nota que el barrio es agradable y se impresiona

cuando no ve a ningún enemigo. No sabe qué hacer; solo piensa en salir corriendo.

El fin de semana Pollo no regresa, ni tampoco el lunes.

—Muy marica el Pollo, se dejó morder —comentan sus supuestos hermanos.

—¡Ah!, pero es que eso era obvio con esa güeva, más marica vos que lo mandaste. Y lo

más verraco es que cogió el fierro. Ja, hasta con ese mismo nos volean.

—De todas formas, que pecao del pollito, ome .

Ese martes en la noche tienen una reunión con El Cucho para planificar todas las

tareas del barrio. En medio de la reunión ven que alguien se les acerca, sin zapatos,

sudadera rota y la cara cubierta con la camisa.

—Ey, maricas, ojo con esos gamines que así se nos meten.

—Sí, ojo que aquí estamos con El Cucho.

—Bueno, pues, gonorrea, abrite de aquí, chao, pues, que te vi —le gritan al

desconocido.

—¡Hermanos! —responde, agitando las manos.


Todos se sorprenden al ver que se trata de El Pollo, quien se suma a la reunión, y se

sienta en la mitad de todos, al tiempo que se quita la camisa de la cara. Tiene el rostro

desfigurado, su ojo izquierdo con sangre acumulada y con necrosis, la nariz torcida,

las costillas quebradas y una que otra cortada en la espalda. Todos se quedan en

silencio y no saben qué decir, hasta que él comienza a hablar.

—¿Si uno tiene hambre para dónde se va? Para la calle, ¿cierto? ¿Si nadie lo quiere a

uno en la casa qué hace? Se va con los amigos —en silencio, todos se miran con sus

ojos humedecidos, al verlo en ese estado—. ¿Ustedes saben qué es que la mamá le

niegue a uno una cucharada de arroz? —El llanto lo invade mientras continúa

hablando—. Uno como joven le da pena pedir comida y afecto; eso es lo que más me

duele, saber que nadie me quiere. Y sé que estoy muy cascado y que no veo nada por

un ojo, pero no se compara con el dolor que tengo en el alma.

Algunos de los participantes de la reunión compran agua y comida, otro se quita el

buzo y los zapatos y se los dan al Pollo, todos hacen que se sienta bien por un

momento. El Cucho le da plata para que compre cremas y medicamentos, pero, en el

momento en que Pollo se va para la farmacia, comenta:

—Aquí nadie debe tenerle pesar a nadie, que coma mierda. ¿Y saben por qué está así?

Porque sapió algo de acá. ¿Y saben qué le pasa a los faltones? Los recogen en bolsas en

la manga. Esto es para que aprendan, ¡nada de sapos! Mañana amanece embolsado.

Todos sienten algo de pesar, pero saben que no pueden hacer nada al respecto, lo que

no saben es que El Pollo está vivo y aporreado debido a que, cuando se encontraba en

el barrio enemigo, la policía lo vio muy sospechoso y creyeron que era un ladrón, así

que lo persiguieron y gritaban ¡cójalo, un ladrón! Y, en medio de la persecución, tiró la

pistola a un basurero; nadie vio la acción.

Se puede decir que en esta ciudad es tradición acribillar a un ladrón por la sociedad

con pruebas o sin ellas. En el caso de no tener evidencias o denuncias solo se retiene

por unos días y se suelta.

Pollo está a gusto cuando compra las pastillas y la crema porque, por primera vez,

siente el apoyo de sus hermanos y de El Cucho. Sonríe y cierra los ojos.

El joven vuelve al lugar donde estaban todos reunidos y les agradece. En bien llega

todos disimulan lo que estaban hablando, se retiran y lo invitan a que los acompañe a

reclamar una plata al “Morro”. Entusiasmado por ver que realmente tiene el apoyo de

sus hermanos no lo piensa y se va con ellos.

—¿Quién es el que debe la plata? —pregunta ingenuamente cuando llegan.

—No, Pollo, a un cucho que le prestaron medio palo y no quiere pagar.

—Ah, melo y ¿qué le van hacer si no paga?

—deje la preguntadora, vaya compre un costal y una bolsa de basura de las más

grandes.

Uno de los que se encontraba con El Pollo lleva una Glock 40 con proveedor largo y

silenciador; es evidente que esa noche habría una víctima. Al llegar al lugar, el

ambiente de tensión cumple su rol de anfitrión. Todos esperan el momento de actuar.

—Hermanos, yo no veo a nadie.

En bien termina la frase recibe un golpe con el bate en la zona occipital del cráneo.

Pollo cae inconsciente, mientras se oye el click del cargue de un arma. A lo lejos se

escucha el sonido inconfundible del nuevo artefacto que ronda por la ciudad, un

helicóptero para ayudar a combatir la violencia. El aparato, que cuenta con un sistema


de iluminación que alcanza varios kilómetros de distancia, enfoca al grupo de

muchachos.

— ¡Maricas!, corran que nos pillaron.

— ¡Qué maricada! Si no terminamos esto nos pelan a nosotros.

Todos huyen, menos uno que le apunta a Pollo y luego se apunta a sí mismo. Su

mano va y viene. La empuñadura del arma se inunda de sudor, líquido que baña el

rostro de los dos jóvenes. Los nervios amenazan con descontrolar sus

movimientos; el temblor invade sus manos hasta que, como un estallido seco,

suena el disparo.

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