La formula - Obra propia - Daniel Bedoya Villa
Nunca pensé que el
típico cliché de ver toda la vida, como si fuera una película, en tu lecho de
muerte fuera verdad. Sin embargo, no puedo negar que un par de recuerdos
vinieron a acompañar estos últimos suspiros del plano terrenal.
Los primeros pasos
de mi hija, su boda, y la graduación de la universidad crearon unas cuantas
lágrimas que adornaron mis mejillas. Luego llegó mi divorcio y algunos momentos
más, no muy alegres, pero amados; fue gracias a ellos que pude volverme un hombre
más fuerte. Como si de destellos se tratara, hicieron presencia otros recuerdos
de mi juventud. El agudo aguijón del amor adolescente, las travesuras cuando
frecuentaba el colegio, la mirada de mi madre diciéndome te amo, y la risa de
mi padre cuando le contaba alguna anécdota. Todas aquellas personas que me
amaban parecían esperarme al final del camino.
Toda mi vida le
tuve miedo a la muerte, y ocupé siempre mi cabeza tratando de olvidar aquel
destino que aguardaba paciente por mí. En los primeros años de mi juventud
hallé un refugio en las juergas juveniles, aromas de tabaco y amores fugaces. A
medida que fui creciendo, elegí la academia como refugio a tal temor. Por
muchos años aprendí todo lo que estuviera en mi camino y enseñé a generaciones
enteras que al día de hoy gobiernan el mundo del que pronto partiré.
Si hubo algo que
me puedo atribuir con poca humildad, fue la acertada elección del camino de la
docencia. Formar siempre fue un gusto arraigado y sí que le saqué provecho a
las aulas, durante el tiempo que fueron mi segundo hogar. Los años pasaron y,
aunque ingenuamente me llenaba de falsa inmortalidad, la parca, como si de una
vieja amiga se tratara, esperaba el anhelado momento.
Me imagino que la
muerte se debió sentir siempre como una indeseable, como una chusma, cada vez
que de ella renegaba. Espero que cuando por fin me abrace pueda expresarle
personalmente mis disculpas por haberla blasfemado tanto y, con amor, partir
con ella tomado de su mano.
Al final de todos
aquellos recuerdos, pude sentir que mi cuerpo ya estaba listo y, como si fuera
el epílogo de una obra de teatro, la luz se apagaba en el escenario de mi vida.
Sentí cómo el aire
se iba alentando y mi corazón se preparaba para unas merecidas vacaciones
después de tantas décadas de trabajo. La calma invadió mi cuerpo y, luego de
enmudecer mi respiración, se entreabrieron las puertas del perpetuo silencio.
El sol estaba
apenas saliendo, me disponía a preparar el café que, de forma casi sagrada,
tomaba cada mañana mientras revisaba los mensajes y la actividad virtual que se
acumulaba durante la noche. Luego del café mañanero regué el girasol que mi
hija me regaló en algún cumpleaños. Después de mi jardinería aficionada me
senté a escuchar las noticias del caos habitual de la sociedad, sobre algún
presidente inepto, el destape de otra olla de corrupción, asesinatos y demás
novedades. Siempre me aburrieron las noticias y no tardaba en pasar el canal
para distraerme con las caricaturas que hacen reír a los niños, un poco
extrañas, nada como las de épocas pasadas, pero, aun así, divertidas para pasar
el rato.
—Ah, cómo me divierten los videos de mi nieta que mi hija
suele pasarme a diario, balbuceando sus primeras palabras o riendo a carcajadas
por las muecas de su madre. En las noches frecuento mucho los videojuegos,
supongo que es un gusto del que nunca podré librarme, aunque ya no llegue hasta
las a.m. para terminar mis partidas. Estando viejo, le cogí aprecio a dormir
temprano. Envejecer no es fácil, la energía se esfuma, las escaleras se
convierten en el peor enemigo de las rodillas, los carbohidratos son de
cuidado, la panza crece y, como si fuera poco, ¡también la nariz y las orejas
que se llenan de pelos indeseables! Definitivamente Dios tiene un humor
bastante negro. Al caminar se avanza con una velocidad reducida; la parte buena
es que todos te tratan de ‘’don’’ adonde quiera que vayas y muchos lugares de
comidas tienen descuentos especiales para las personas de la tercera edad.
Además, los clubes de ancianos te ofrecen paseos divertidos o dinámicas
saludables para mantenernos con vitalidad. Lo bonito de envejecer, es que si
tienes nietas o nietos siempre te verán como un héroe, un poco arrugado, pero héroe
al fin y al cabo. La vestimenta cambia muchísimo; de repente las camisas de
cuadros y botones son muy atractivas, te divorcias de los pantalones ajustados
y te enamoras perdidamente de pantalones con bota recta. Ahora las gorras no
son de visera plana con algún logo alusivo al’’skateboarding’’; los zapatos sí no cambiaron mucho, definitivamente
los tenis deportivos nunca serán derrocados por las zapatillas clásicas de
cuero. En ese sentido me declaro un viejito rebelde.
Una tarde, mi hija
y mi nieta me llegaron de sorpresa. Luciana y yo nos sentamos a tomarnos un par
de cervezas, como era costumbre cada vez que nos encontramos.
—¿Cómo estas, papá, te hice falta? —Preguntó Luciana
con una mueca de misterio.
—¡Claro que sí, mija! Pensé que te habías olvidado de tu
viejo —repliqué con tono jocoso.
—¡Qué va!, la vejez te ha vuelto más dramático. Nunca te
olvido, papá. Entre mi trabajo y la responsabilidad de criar al pequeño
terremoto de Sofía, siempre te tengo presente.
—Lo sé, hija, no deja de asombrarme lo mucho que crece la
niña, parece que fue ayer cuando me llamaste con euforia para que fuera al
hospital a conocerla —modulé después de dar un largo sorbo a la cerveza.
Mientras Luciana
cambiaba a Sofía para que tomara su siesta, contemplé ese momento, recordando cómo
años atrás era yo quién la auxiliaba en aquellas aventuras de pañales.
No pude evitar
ponerme nostálgico. Sin duda alguna, ser padre es una experiencia formidable.
—Papá…, ¿estás llorando? —Preguntó Luciana.
—Ay, hija, este viejo sentimental recordando tiempos pasados,
cuando tú apenas sabías caminar —contesté con un poco de vergüenza.
—Tú y mamá siempre me hicieron feliz, gracias a ti me he
convertido en la gran mujer que tanto dices admirar —exclamó, mientras caminaba
por el pasillo.
Aquellas palabras
que pronunció esa tarde mi hija, se quedaron tatuadas en mi memoria como una
premonición de despedida, cuando me aprestaba a abandonar este mundo material.
—Papá, recuerdo que,
en tus libros, con frecuencia, escribías sobre la muerte y sobre el sentido de
la vida.
—Sí, son temas a los que le temo, y supongo que lo seguiré
haciendo hasta el final de mis días —contesté con una falsa despreocupación.
—Pero, al final, ¿qué has pensado sobre la muerte? —indagó con tono
dudoso.
—Hija, cuando llegas a mi edad aprendes a vivir con las
dudas que te generan algunos temas controversiales.
—Vaya, nunca esperé escuchar esto del hombre que
contradijo hasta el cansancio a cuanto religioso recalcitrante encontrara.
—Sí, hija, y no pienses que me he dado por vencido, creo
que de forma inconsciente aún trato de buscar respuestas, pero ahora mi actitud
es más serena que en tiempos pasados —respondí con un guiño.
Después de la charla y de las cervezas, que no fueron un
par sino muchos pares, Luciana se sintió mareada, lo que la motivó a quedarse a
dormir. Con dificultad logré llevarla hasta mi alcoba para que acompañara a
Sofía y pudieran descansar juntas. Como en los viejos tiempos, me encontraba
dándole a mi hija un beso de buenas noches la frente.
***
—Siempre que me reúno con papá es igual, ese viejo condenado
no cambia por nada la cerveza —pensé mientras me levantaba aturdida por la
resaca.
Observé a Sofía algo inquieta en la puerta del cuarto de mi
padre, tenía la mirada perdida en la perilla. Algo extraño ya que él siempre se
levanta para hacer su tinto mañanero. Agarré a la niña y la puse en el comedor
mientras le preparaba algo.
Pasaron las horas y el silencio ensordecía el cuarto de mi
padre, algo me lo decía, pero decidí no escuchar aquella voz interior. Cuando
finalmente reuní el valor necesario, decidí entrar y me encontré con una escena
que pudo haber sido todo menos perturbadora. Yacía con una expresión serena, aunque
más pálido de lo habitual, arropado hasta el vientre. Sus medicamentos yacían intactos
sobre la mesita de noche.
Haciendo gala de su terquedad se había negado a seguir con el
tratamiento que su doctor le había prescrito. En su lugar, de su puño y letra,
escribió una nueva fórmula que llevó siempre consigo. Ese viejo trozo de papel
amarillento contenía una receta que, si bien no trataba la enfermedad, curaba
el alma: dos tazas de alegría, con una
cucharada de agradecimiento. Revolver hasta obtener una mezcla homogénea de paz
interior y beber antes del desayuno y después de la comida. Válida la
sobredosis y la automedicación.
— ¿Paz interior? —Pensé— Al fin debes estar surcando aquellos
mares de respuestas que siempre anhelaban tus cielos de preguntas.
Con la mirada ahogada en lágrimas, di un vistazo final al
papel arrugado y besé la frente de mi padre como un suave y postrer “hasta
siempre”.
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