El solar de los mangos. Yomaira Bernal Arturo

 

INTRODUCCIÓN. 

Esta es una obra de teatro colombiana que se llama el solar de los mangos, esta obra  tiene tres personajes que nos cuenta un poco de la sociedad y que puede ser representada por los alumnos de una manera teatral permitiendo una mejor interpretación del texto y de una realización didáctica.

Plano 1 Madre:

 (Recorre el escenario con un costal sobre su espalda lleno de cruces. Planta la primera cruz. Interpela.) Tengo frío... (Silencio.) Hola, papá, aquí estoy. (Pausa.) Vine para quedarme. (Pausa.) Sí, ya sé que no le gusta hablar y mucho menos para recordar; pero a mí sí me gusta hablar y recordar, solo de esa manera me desentierro y logro dormir tranquila. (Interpela.) ¿Usted sabe que es una noche tranquila? (Pausa.) Aún sangras... (Silencio.) Fueron muy profundas las heridas. (Pausa.) Y más de cien. (Lacónica.) No, no digas nada... Tus amigotes hicieron muy bien la tarea, como en los viejos tiempos: lo picaron en pedazos y los regaron por todo el pueblo. (Pausa.) ¿Ahora sí sonríe? (Para sí.) Siempre disfrutando el fruto seco de la venganza. (Interpela.) No, eso es lo que usted cree, pero la verdad la sabe todo el pueblo. (Increpa.) ¿Qué esperaba?... ¿Que Toñito le agradeciera el noble gesto de violar a su hermana?... Usted sabía que él era el único hijo y el único sustento de la viuda Encarnación... ¡Qué vergüenza! Ni la policía, ni el cura, ni el juez, movieron un dedo para salvarlo... (Concilia.) En eso sí estamos de acuerdo. (Para sí.) Cada cual se merece la muerte que cocina (Interpela.) ¿Pensabas morir distinto? Al público. No, no piensen que soy una mal nacida, porque estoy segura de que a muchos de ustedes les ha pasado eso de tener una doble pena: por un lado, la de perder al padre que al final de cuentas ayudó a dar vida, y por el otro, pues el sentimiento de culpa que produce el hecho de sentir cierto fresquito por su muerte. Aunque sé que Dios no perdona estos sentimientos encontrados, así el padre de una haya sido cruel y miserable. (Interpela.) Ya no reniegue más que nadie lo escucha... (Al público.) A mi papá lo velamos en la casa, mi madre le organizó el funeral, le pagó tres misas y le rezó nueve rosarios; al mes se quitó el luto: nunca la vi derramando una lágrima y nunca la oí pronunciando palabra alguna sobre el tema. Silencio. 78 Colección Pensar el Teatro Ministerio de Cultura de Colombia / Paso de Gato Amo esta tierra que me vio nacer, me vio crecer y me vio morir. Ella borró mis huellas digitales mientras mis manos y mis pies la surcaron y la araron al mismo tiempo que las mañanas abrían el día y el sol saludaba los frutos, y el café caliente despertaba mis pupilas, y en el campo abierto los potros salvajes reventaban las riendas, y los terneros bramaban en el hato como protesta ante el escamoteo continuado en el ordeño... (Pausa.) Soy hija de esta tierra y a esta tierra volví, porque a ella, y solo a ella, pertenecen mis aperos. (Pausa.) Nací un día cualquiera de abril, un incierto día de abril. Mi madre esperaba que en su quinto embarazo, Dios la gratificara con un varón y tan pronto doña Lastenia le anunció que yo había nacido, salió corriendo por las calles del pueblo como una loca, aún con la placenta descolgándose entre sus piernas, mientras una jauría hambrienta la seguía feroz; solo el cura pudo detenerla en su carrera loca, poniéndose frente a ella con el crucifijo en alto... Siembra otra cruz. (Interpela.) Hola, mamá. (Pausa.) Sí, a quedarme. (Pausa.) ¿Por qué te pones así, mamá? (Pausa.) Vamos a estar juntas. (Pausa.) Sí, para siempre. Esta misma noche tomaremos leche caliente con hierbabuena, contaremos las estrellas sin afanes y dormiremos arropadas bajo la misma manta. (Pausa.) Como cuando yo era una niña. Silencio. Preferiría no hablar de ellas ahora, mamá. (Pausa.) Sí, sí, están bien. (Pausa.) Te repito que están bien. (Pausa.) ¡Ay, mamá!, ellas no son unas niñas, ahora son unas señoritas. (Pausa.) Sí, muy parecidas en lo físico con mi Julio. (Pausa.) No empieces de nuevo mamá, que Julio y yo nos casamos por la iglesia y hasta el mismo obispo lo aprobó. (Pausa.) Bonitas sí, pero flojas, atenidas y enviciadas a la tele. (Pausa.) Pegadas como moscas a ese aparato todo el santo día. No lavaban ni un plato. (Pausa.) Hace más de dos abriles que no tengo noticias de ellas. (Pausa.) Se las tragó la ciudad. (Pausa.) La Rosario no se va a dejar morir de hambre. Me preocupa Ana, es débil de carácter y embelequera, un viento fuerte se la lleva para cualquier lado; pero no te preocupes, mamá, ellas están bien, y las malas noticias siempre llegan rápido. Al público. Mi madre me heredó este solar, pues el resto de la finca lo heredaron mis hermanas. (Interpela.) ¡Rita, no, no, por favor, no lo hagas, la tierra siempre será tierra y los hombres son pasajeros como el tiempo! (Silencio. Al público.) Todo fue en vano, la cambió por un camión viejo, que terminó en un abismo cerca del pueblo, una noche durante la celebración de las fiestas patronales: se quedó El solar de los mangos 79 sin camión, sin tierra y sin marido (pausa). Dolores y Esperanza, mis otras dos hermanas, cambiaron sus parcelas por los vales que firmaron sus esposos en la cantina durante sus permanentes borracheras. (Interpela.) Si papá nos hubiera dado buen ejemplo, quizás mis hermanas no se habrían equivocado tanto. (Replica.) Pero si es la verdad, mamá, y tú lo sabes, ahora nada ganas con ocultarlo. Al público. Nunca son tardías las palabras cuando con ellas rescatamos la dignidad y mitigamos el dolor del abuso y la injusticia. (Interpela.) El cementerio estuvo mucho tiempo abierto por su culpa, papá; y ahora se ha cerrado con su entrada. Con su muerte todo el mundo se siente vengado. (Concilia.) Perdóname, mamá, yo te prometí que nunca reprocharía a mi padre, pero esa fue una promesa de vivos: ahora todo ha cambiado. Al público. Yo también pensé vender e irme, pero gracias a mi Dios y a mi primo Julio, no lo hice, él siempre repetía: “en la tierra nada brilla tanto como el solar de los mangos”. Y tenía razón, pues un solar con samanes, cedros, laureles, caracolíes, cominos, chiminangos, tachuelos, robles, álamos, araucarias, cauchos, cedros, ceibas, eucaliptos, guayabos, nogales… donde cultivaba soya, guineo, cebolla, maíz, frijol, millo, arroz, algodón, ulluco, café, yuca y cacao; con frutos de mil sabores: tomate de árbol, anón, mora, maracuyá, uva, guayaba, piñuela, zapote, guamas, papaya, icaco, pitahaya, madroño, níspero, guanábana, naranja, chirimoya, piña, granada, limón, lulo, mamoncillo, granadilla... ¡ah! y cuatro palos de mango, uno en cada extremo del solar, donde cantaban y volaban turpiales, pechiamarillos, azulejos, cardenales, mirlas, sinsontes, coclís, toches, torcazas, carpinteros, tucanes, jilgueros, canarios, gorriones y colibríes; además del sonido de los tiples, guitarras y bandolas que amenizaban las fiestas patronales... eso no se encuentra en ninguna otra parte. Siembra otra cruz. (Interpela.) Hola, Alicia, mi hermanita del alma, soy yo, ¿no me reconoces? (Pausa.) Si estoy vieja, es que al tiempo le gusta dibujarse en la piel. (Pausa.) He venido a cuidarte y no te voy a dejar sola nunca más. (Pausa.) Desde aquí tú y yo vamos a oír los pájaros y nos vamos a embadurnar la cara y la ropa blanca con frutos maduros hasta confundir a las aves, y hacer que lleguen a picotearnos como a un espécimen silvestre recién caído del árbol... Juntas vamos a esperar a mi Rosario y a mi Ana. (Pausa.) Sí, ya lo sé, aún son jóvenes... seguramente van a tardar un poco. (Silencio.) Alicia, en este lugar el tiempo y la espera son la misma cosa. 80 Colección Pensar el Teatro Ministerio de Cultura de Colombia / Paso de Gato Al público. Con Alicia, mi hermanita menor, fue con la única que pude establecer una relación de cuidado y afecto, murió muy niña, vive aquí desde bebita. (Interpela.) Por un problema del corazón, papá: el que no lo dejaba dormir a usted, y por el que mi mamá debió buscar refugio durante casi dos meses en la casa de los agregados, ¿no se acuerda que con Alicia murió su ilusión de tener en casa un hijo varón? (Al público.) Tampoco yo gocé de buena salud, al contrario de mis hermanas, fui la única que no fue amamantada, pues mi madre estuvo aislada y fuera de razón durante mis primeros tres meses de vida y cuando regresó a la casa no le bajaba ni una gota de leche. (Silencio. Interpela.) A la escuela solo fue Berenice, a quien usted se empeñó en educar como a un macho (parodia): “el estudio no es pa’las hembras, es solo pa’los machos y solo mientras aprenden a leer y a hacer las cuatro operaciones; luego a trabajar: como yo, que nunca fui a la escuela y ya ven, en esta casa no falta nada...”. Al público. Y era cierto, pues en la casa nunca faltó la comida. (Interpela.) Lo que brilló fue la ausencia de su amor, papá... (Pausa.) ¿Sabes una cosa?, sé leer y escribir. (Pausa.) Mamá me enseñó a escondidas, mientras aprendía los destinos de la casa. (Al público.) Siempre preferí estar en el campo, me sentía más libre, alejada de mis hermanas y de los maltratos de mi padre. Ella me protegía como una gallina clueca de los ultrajes de mis hermanas que me quitaban la comida y me excluían de sus juegos, yo entonces me divertía con los perros y con Tomás, mi gato: hasta que lo encontraron muerto en el zarzo de la casa. Lloré mucho su muerte; años más tarde supe que mi hermana Berenice le había aventado agua caliente; sólo por verme llorar. Siembra otra cruz. (Interpela.) Hola, Julio. (Pausa.) ¿Le extraña mucho verme? (Pausa.) No me diga que no me esperaba, porque no se lo voy a creer. (Pausa.) Mire, le he traído arepas de choclo, las que tanto le gustaban. (Pausa.) Lo siento, no creí que me fuera a demorar tanto, pero es que no era justo dejar esas muchachas así, solas. (Pausa.) Sí, ya están creciditas y haciendo sus vidas. (Pausa.) No, no terminaron el bachillerato. (Pausa.) Se las tragó la ciudad y la ilusión de ser famosas. (Pausa.) Ahora viven en el exterior… (Duda.) Ana en España y Rosario en Nueva York. (Pausa.) Tienen sus buenos empleos y ganan su buena plata. (Pausa.) No seas mal pensado, en el pueblo no hay familia que no tenga un hijo por allá, eso se puso de moda. (Pausa.) ¿Le gustaron?, están lechositas ¿cierto?, como le gustaban, con maíz tierno, medio viche, es que apenas salía El solar de los mangos 81 la mazorca en la mata, a usted se le hacía agua la boca. (Silencio.)¡Ay, Julio!, la vida es muy dura y de la peor materia estamos hechos. Al público. Mi primo Julio llegó a la casa una noche lluviosa de abril, mi mamá le abrió la puerta y tardó un momento en reconocerlo: era el hijo menor de mi tía Sara y venía del norte del Valle. (Interpela.) Yo al principio lo traté a usted con desconfianza, m’hijo. (Pausa.) Los hombres siempre vienen por lo suyo, hacen sus cochinizas y se van, decía mi hermana Rita. (Al público.) Julio era muy callado y cuando hablaba con una, siempre miraba al piso o hacia los rincones, mientras se rascaba la nuca. (Interpela.) Usted siempre fue acomedido y atento, esos fueron los detalles que me enamoraron... y otras cosas, claro. (Pausa.) ¡Ay, mi Julio!, no me hagas poner colorada. (Al público.) Él nos acompañó y nos ayudó en las labores del campo, luego de la muerte de mi padre, y estuvo junto a mí durante la penosa enfermedad de mamá. (Interpela.) Mamá se encariñó mucho de usted m’hijo, y yo también, y es que de tanto verlo, pues comencé a mirarlo más que como a un primo, como a un hombre, y a usted le pasó lo mismo, ¿cierto? (parodia): “Mal de vereda, es que de tanto verla pues uno se va entusiasmando”. (Pausa.) Yo nunca entendí su comentario y no supe si era un piropo o que yo era su “peor es nada”. (Pausa.) Cómo no, sí, ese era el comentario del pueblo y usted nunca se tomó el trabajo de decir lo contrario. (Pausa.) Dejémoslo de ese tamaño. Lo único cierto es que a los dos se nos comenzó a calentar la sangre. Al público. Al comienzo cuando el diablo me asaltaba, me echaba la bendición y salía corriendo, luego solo me echaba una bendición con la mano derecha y con la otra me dejaba tentar del diablo, aunque nos daba miedo, por temor a recibir castigo divino y que los hijos nos salieran con cola. Pero como la tentación es más fuerte que el temor, con miedo y todo tuvimos dos lindas hijas mellizas, que por fortuna y gracias a Dios, no nacieron con cola. (Silencio.) La felicidad no dura, a mi Julio lo mataron antes del nacimiento de las niñas, dicen que fue gente del norte del Valle, dizque por viejas deudas que nunca me interesé por averiguar, pues en esta tierra quedar viuda es ya un privilegio. Luego tuve muchos pretendientes pero yo decidí quedarme sola con mis hijas, pa’ no ponerles papá prestado y que me acabaran con lo poco que tenía... (Se escuchan truenos, el cielo relampaguea.) Al público. (Con los brazos levantados y con una cruz en cada mano.) Tengo dos hijas 82 Colección Pensar el Teatro Ministerio de Cultura de Colombia / Paso de Gato que no quisieron vivir en el campo, Ana quiso ser modelo y se mantenía todo el día en vestido de baño buscando el sol con sus gafas oscuras. Con esta obsesión desramó todos mis tachuelos, robles, álamos, araucarias, cauchos, cedros, ceibas, eucaliptos, guayabos, nogales que aún quedaban en mi solar; y la otra, quería ser cantante, y con sus alaridos espantaba los turpiales, pechiamarillos, azulejos, cardenales, mirlas, sinsontes, coclís, toches, torcazas, carpinteros, tucanes, jilgueros, canarios, gorriones y colibríes que rondaban mi solar. Ya no comían ninguno de los productos de mi huerta que se podrían en la mesa; pues ellas sólo consumían productos que compraban por telemercadeo y que les llegaban en frascos y latas hasta la puerta de la casa, dizque para no engordarse... ¿Será que no las guié por el buen camino? ¿O... que fui demasiado tolerante y permisiva? ¿O... que debí casarme con otro para que en la casa imperara el orden y la disciplina? (Pausa.) ¿Ustedes que hubieran hecho en mi caso? Oscuro. Plano 2 Rosario. Dallas, Texas. El reloj empotrado en la pared, marca la una de la madrugada. La luz de un reflector de cárcel entra y sale recorriendo todo el escenario deteniéndose solamente en la mujer que con grillos y cadenas está sentada. En el brazo de la silla, una cajetilla de cigarrillos y un encendedor. Se escucha voz en off, ininteligible. Rosario: (Replica.) Ya les dije que no tengo hambre. (Pausa.) Que no quiero comer nada. (Pausa.) Déjenme sola. (Cesa la voz. Interpela.) Como ves hermanita, he perdido la batalla, el tiempo está contra mí. (Pausa.) Vos sabés que yo siempre he sido luchadora, nací con los puños cerrados y luchando por salir. (Silencio.) Ay, cómo nos peleamos por salir. (Pausa.) Pues porque mamá era estrecha de caderas y no dilataba lo suficiente para darnos a luz... creo que nunca fuimos tan felices ni tan unidas como cuando compartimos esos cortos nueve meses. (Pausa.)¿Te acordás del médico gritón? (Pausa.)¿Y de la enfermera? (Pausa.) La negra culona, que gritaba como loca sentada encima de la barriga de mamá: “¡puje, puje, no sea floja, haga de cuenta que se lo están haciendo!”; casi nos aplasta. (Pausa.) Para mí el mundo siempre ha estado al revés. Yo fui la primera que salió disparada y quedé suspendida a pocos centímetros del piso y sostenida por el cordón umbilical que se deslizaba entre los dedos de la negra... Cuando miré hacia arriba pude verte, con los ojos brotados entre la “cuca” de la vieja; El solar de los mangos 83 no saliste porque venías con el cordón enredado al cuello y movías tus piecitos como bailarina de ballet. Creo que desde esa edad se te notaba la vena artística, hermanita. Casi me vuelvo sorda con los gritos de mamá; creo que de ahí viene mi desafinación, y tras de desafinada, salada, pues me cayó encima todo el sudor de la negra que sudaba más que burra vieja. (Al público.) Un río de sangre corría denso y lento y escapaba por debajo del quicio de la puerta: al otro lado los vecinos rezaban padrenuestros y avemarías. Se escucha nuevamente voz en off ininteligible. Rosario: (Replica.) Sí, esa es mi última voluntad, no quiero nada, nada; ¿están sordos o qué?, ¡nada! (Silencio. Para sí.) ¡Comer para qué!, ¿para alimentar a los gusanos? (Silencio.) Como si en estos momentos a una le diera hambre. (Pausa. Para sí.) ¡Malditos perros! (Replica.) Déjenme sola, eso es lo único que quiero. Cesa la voz. (Interpela.) ¿En qué íbamos?... Ah, en que todos se olvidaron de mí, tratando de desenredarte el cordón y tuve que pegar un grito para que se volvieran a acordar que yo también acababa de nacer. (Pausa.) Te volví a ver como al mes, cuando te sacaron de la incubadora: qué abundancia aquella, un mes de teta pa’ mí solita; por eso me costaba tanto trabajo compartir contigo, hermanita, allá, en el solar de los mangos, arrulladas por los cantos y silbidos de los turpiales, pechiamarillos, azulejos, cardenales, mirlas, sinsontes, coclís, toches, torcazas, carpinteros, tucanes, jilgueros, canarios, gorriones y colibríes. Suena una sirena. La luz se va. Solo queda un foco sobre el reloj. Oscuro


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