HA MUERTO EL AMOR


Los trastornos de la conducta alimenticia son patologías mentales, de carácter grave, que se manifiestan mediante síntomas y obsesiones centradas en la comida y la imagen corporal.  Son padecimientos que, si no se tratan a tiempo, pueden acabar con la vida de quienes los padecen y consumir no solo el cuerpo físico sino también robarse los sueños, las metas y las aspiraciones de quienes se vean atrapados en medio de la oscuridad y el dolor que se presenta a través de deseos continuos de autodestrucción. Es vista como un tabú para la sociedad; muchos aseguran que no es una enfermedad, que es solo un mecanismo por el cual niños, niñas y jóvenes tratan de llamar la atención. Sin embargo, quienes se ven enfrentados a ella, deben vivir con la cruda realidad de que sus cerebros no están produciendo las sustancias necesarias para que el organismo viva con normalidad. Es hora de abrir los ojos y de poner atención, porque la historia que vas a leer a continuación cambiará tu forma de ver la anorexia.

Ella es Ofelia Preciado, una joven de diecinueve años de edad. Trae en su rostro una sonrisa tierna y dulce que disimula la pesadumbre de una vida atrapada en medio de la ansiedad. Un metro con cincuenta centímetros son suficientes para acentuar su belleza; sus ojos son de un café intenso que al mirarlos te esquivan para encubrir el llanto que oprime su ser; su piel es tan blanca que permite que se vean las encrucijadas de venas que forman caminos sobre sus manos; su cabello, ondulado y largo, es de un color negro que resalta perfectamente con el rosado de sus mejillas y enmarca su cintura de reina; su nariz es pequeña y respingada; su mentón se adorna con un huequecillo que se pronuncia al sonreír  y pinta su rostro de una ternura ingenua. Al caminar, su figura endeble hace que sus prendas bailen con el espacio que sobra entre la tela y la piel. Es una muchacha muy inteligente, la nena más brillante de la clase. Todo lo hace bien; la mejor tocando el piano, nadadora profesional con tres medallas de oro y una de plata, excelente cocinado e inventando nuevas recetas y, ante todo, una extraordinaria hija.

El diez de mayo del año 2016, en el pasillo cuatro del Hospital Mental de Bello, se encontraba Ofelia sentada en una esquina esperando un llamado que supondría que iría a salvar su vida. El rostro se evidenciaba demacrado; la piel, extremadamente pálida, con cierta tonalidad amarilla semejante a las de las personas que sufren leucemia; sus labios se habían agrietado; de su largo y frondoso cabello solo quedaban vestigios con la llegada de la calvicie y su temperatura corporal semejaba el helaje que envuelve a una sala de velación. El reloj marcó las 9:54 a.m. Su madre la acompañaba. Estaban a solo seis minutos del llamado esperanzador, en aquel espacio donde el silencio ya se tornaba abrumador. Cuando rozó la piel de su hija se asombró con el frío reconcentrado en sus manos amarillentas; la miró a los ojos, le dijo que todo estaría bien y le dio un beso en la frente. Sin embargo, aunque trataba de ser fuerte, por dentro la mujer se desmoronaba; Ofelia era su única hija, su motor de vida y quien la llenaba de fuerzas para salir adelante. Justo en ese momento en su mente se reencontraban, unos tras otros, los recuerdos de su pequeña hija, radiante y saludable. Se preguntaba a sí misma qué había hecho mal “¿Seré una mala madre? ¿Qué me faltó hacer? ¿Soy, acaso, culpable de esta desgracia?” Entonces, Ofelia la miró como si supiera qué estaba pasando por su mente y con una sonrisa susurró: «no te preocupes, mamá, acabas de afirmar que todo va a estar bien, además ¿qué sería lo peor que me pueda pasar? ¡Morir! Siento que en este momento eso sería lo mejor». La madre al escuchar estas palabras sintió un nudo en la garganta, que se tragó de inmediato al oír la voz del médico gritar por todo el pasillo “Ofelia Preciado, favor pasar al consultorio número 2”.

Las dos mujeres entraron temerosas. El ambiente en el lugar se tornaba opaco y muy extraño. Al tomar asiento observaron al psiquiatra, con una cara completamente seria, como si no existiera emoción alguna que lo moviese. Él se presentó:

—Buenos días, mi nombre es Juan Carlos Botero y soy siquiatra, ¿cuéntenme en que puedo ayudarles el día de hoy?

—Ella es mi hija, tiene 19 años y ha dejado de comer, he encontrado en su habitación bolsas escondidas con restos de comida y vómito. Hace ejercicio físico tres veces al día, no entiendo de dónde saca tanta energía si no tiene nada en su estómago; tampoco sé con exactitud cuánto está pesando, pero podría asegurar con ojo de buena madre que ha perdido más o menos unos veinte kilos. A cada rato insinúa que está gorda y mire que solo se le ven los huesos, doctor. ¡Ayúdenos, por favor! ¡Mi niña se está muriendo! o acaso ¿está tratando de llamar la atención? ¡Ya no sé qué hacer! —concluyó la madre de Ofelia desesperada.

Ofelia, se mostraba indiferente ante las palabras de su madre y no se atrevía a mirar, cara a cara, al doctor. En aquel instante hubo un silencio incómodo; el psiquiatra dirigió su mirada hacia Ofelia, pidiendo que por favor pasara a la báscula y posteriormente a la camilla para hacerle una serie de pruebas. Ella se rehusó a subir a la pesa, su cuerpo comenzó a temblar, sus ojos lagrimeaban y entró en una crisis nerviosa, por lo cual el médico con mucha calma, dirigió su mirada hacia la madre: 

—Es imposible considerar que Ofelia está tratando de llamar la atención, ella está enferma, muy enferma; su diagnóstico, sin duda alguna es anorexia nerviosa y esta condición es tan peligrosa como sufrir un ataque al corazón. Es una enfermedad de origen mental que consiste en una preocupación excesiva por el peso, lo que conlleva a la persona que la padece a disminuir la cantidad de alimentos que ingiere hasta el punto de causar una situación de desnutrición grave; su grado de mortalidad es muy alto, puesto que es de las pocas enfermedades mentales que puede acabar con la vida de las personas. Sus síntomas vienen acompañados de una percepción distorsionada del cuerpo, vómitos provocados, abuso de laxantes, exceso de actividad física, además de los problemas emocionales y conductuales asociados al temor intenso de aumentar de peso, como lo son: no querer comer en público, negar el hambre o inventar excusas para comer, mentir sobre la cantidad de alimentos ingeridos, estado de ánimo indiferente e irritabilidad; y los síntomas físicos son: pérdida excesiva de peso en poco tiempo, anemia, fatiga, insomnio, mareos, desmayos, pigmentación amarilla en las manos , pérdida de cabello, ausencia de la menstruación, dolor abdominal, intolerancia al frío, presión arterial baja, deshidratación. Y lo más grave, esto puede acabar con la vida de la paciente —sentenció el profesional.

La madre de Ofelia no podía creer que todo lo que el doctor mencionó encajaba perfectamente con el comportamiento de su hija. “Han pasado muchos meses desde que intenté encubrir esta cruel realidad —pensaba—, me rehusaba a admitir que mi hija sufría un desorden alimenticio. La escuché en reiteradas ocasiones hacerse daño, provocándose vómitos luego de cenar y llorando sola en su habitación; la vi alejarse de sus amigos de la infancia por miedo a comer en público y me negué en aceptar que ella tenía comportamientos destructivos ¡Pero que estúpida fui, Dios mío!”

—Doctor, por favor me puede indicar ¿Cuál es el tratamiento y el paso a seguir? —indagó la madre.

—Mujer, lo primero que haremos es enviarle a Ofelia unos exámenes clínicos para ver cómo están sus glóbulos y descartar otro tipo de patologías; adicional, iniciará tratamiento con un medicamento que se llama Escitalopram, que pertenece a una clase de antidepresivos que le ayudará a su cerebro a producir las sustancias necesarias para recuperar el peso perdido y a mejorar su calidad de vida. Tenga presente que, según los resultados de las pruebas de laboratorio y a cómo evolucione la paciente, en los próximos diez días deberá quedarse hospitalizada para terapia de rehabilitación.

Ofelia al escuchar la palabra hospitalización, brincó del susto y sostuvo:

—¿Hospitalización? ¿En qué lugar? ¿Por qué? Yo estoy en perfectas condiciones.

—Ofelia —aseveró el profesional—, debes aceptar que tienes una enfermedad y el Hospital Mental de Antioquia, como institución gubernamental debe velar por tu salud y seguridad, por lo tanto, si mi dictamen en diez días implica que debas quedarte en rehabilitación lo tendrás que hacer, así tú y tu familia no lo quieran. 

Las dos mujeres salieron del consultorio y de inmediato fueron a reclamar la prescripción médica a la farmacia autorizada por el hospital; la madre se mostraba agradecida porque ya tenía un diagnóstico, mientras que Ofelia se encontraba furiosa y negaba rotunamente padecer anorexia nerviosa. Saliendo del hospital miró desde lejos a varios profesionales que trataban de controlar a un hombre en estado de shock, observó cómo amarraban sus brazos y le intentaban introducir algo en boca, por lo que pidió a su mamá que se apresuraran para llegar prontamente a casa.

Al llegar a casa Ofelia estalló en llanto, su madre intentó consolarla diciendo que debían ser fuertes y pronto iban a salir de aquella situación tan dolorosa, pero ella debía poner de su parte, seguir las recomendaciones médicas y alimentarse para recuperar el peso perdido. De esta manera podrían evitar que la hospitalizaran en diez días; al escuchar la palabra hospitalización Ofelia, nuevamente se inquietó:

—Mamá, ¿en serio permitirías que me encierren en un manicomio? Yo no estoy loca, tal vez un poco enferma, sin embargo, todo lo que dijo ese doctor Botero ¡es mentira! Además, estos hospitales son lugares terroríficos, porque he escuchado muchos testimonios donde afirman que maltratan a sus pacientes atándolos a camas, colocando electrochoques en sus cabezas e inyectándoles tranquilizantes que poco a poco van acabando con las neuronas. Yo sé que hay investigaciones muy serias que han desenmascarado a las industrias farmacéuticas, al revelar que las personas que se someten a tratamientos psiquiátricos tienen más riesgo de suicidio. Por cierto, estar en un lugar así encerrada sin poder ver la luz del día puede alterarme y causarme alucinaciones, psicosis, manías, un ataque al corazón y hasta una muerte repentina. En un programa de televisión hicieron una denuncia, donde mostraban cómo en estos centros de reposo abusaban sexualmente de algunos enfermos… y tú no quieres que eso me pase, ¿verdad, mamá? Y ni hablar de la alimentación, solo sirven basura, de esta manera nunca voy a poder recuperar el peso perdido ¿Tú siendo tan buena madre darías tu consentimiento para qué me hicieran algo así?

La madre de Ofelia, luego de escuchar las palabras convincentes de su hija continúo consolándola, la abrazaba como si fuera la última noche en que la tendría entre sus brazos; y mientras las lágrimas bajaban por su rostro se hacía más grande el presentimiento de que lo peor estaba por llegar...

Después de cinco días en los que Ofelia se tomaba, sin falta, la receta psiquiátrica, lo síntomas empeoraron; no quería comer, continuaba perdiendo kilos, estaba hecha un hueso y lo más triste de todo fue que se transformó que una mujer diferente, debido a que su comportamiento se tornó bastante agresivo. Cada vez que su mamá intentaba darle de comer o acercarse para brindarle amor, ella respondía de manera provocativa, tiraba la comida, golpeaba paredes y hasta la intentaba atacar. En una discusión la mujer se dio cuenta de que Ofelia también se estaba cortando sus muñecas y ese fue el detonante para que tomara la dolorosa decisión de internarla nuevamente en el Hospital Mental.

La vida de Ofelia transcurría entre el Hospital y su casa, según su estado de ánimo y de salud que, para entonces, permanecían en un constante vaivén. El 22 de mayo del año 2016 trajo consigo un amanecer fuera de lo común y corriente. Los gritos desgarradores de dolor de una madre matizaban de tristeza y dolor al barrio Rincón del Bosque. Y no era para menos; el minúsculo cuerpo de su única hija colgaba de una cuerda, mientras se desangraba por las manos. La sirena de una ambulancia se oía lastimera por las calles, al tiempo que tres patrullas, repletas de policías se hallaban frente a la puerta de la casa de Ofelia. Los efectivos que ingresaron a la vivienda se encontraron con una escena espeluznante: una madre aferrada, en un abrazo interminable, a su único y más grande tesoro.

Comentarios

  1. Este escrito siempre que vuelvo a el me llevan a unas lagrimas casi incontrolables, toca la más profunda fibra y genera una vivencia en primera persona de cada hecho que allí se narra. gracias por esta experiencia literaria

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