El Mundo es una albóndiga

  

Mamá siempre me decía que no comiera tantas albóndigas, pero yo no le prestaba atención. Ahora, recordando sus palabras, desearía haberla tomado en serio. Poco sabe el que no ha experimentado. Poco sabe el que no escucha los sabios consejos de su madre.

El día en que todo cambió, inició como cualquier otro. Me despertó mamá diciéndome que ya estaba el desayuno listo, y que si no quería llegar tarde al colegio debía apurarme para tomar un baño. Yo me levanté de la cama,  con sueño aún, y fui a bañarme. Cuando llegué a la mesa, me encontré con un buen desayuno. Un plato con siete albóndigas bañadas en salsa, como siempre las preparaba mamá, aunque no estuviera de acuerdo en que yo las comiera siempre; desayuno, almuerzo y cena, sólo albóndigas. -Ahí está tu desayuno- dijo – si comes albóndigas una vez más, te convertirás tú mismo en una. Te empaqué un sándwich de pollo para que almuerces en el colegio, quiero que desde hoy comas algo distinto- Yo me reí y me senté frente a mi plato. Ah, qué rico estaba. Mamá sí que sabía prepararlas.

Cuando llegué al colegio, tuve mi clase de ciencias. El profesor nos explicaba sobre el sistema solar. El sol se ubica en el centro, y los planetas se mantienen girando a su alrededor. Algunos son pequeños y otros gigantescos. Unos están hechos de piedra dura y otros de nubes gaseosas. Pero todos los planetas tienen algo en común ¡Incluso el sol! Todos son redondos. Como las albóndigas. Yo me deleitaba pensando en esto. Un sistema solar, hecho totalmente de albóndigas; deliciosas bolas de carne, bañadas en salsa o en sopa de pastas, flotando por todo el universo y llenándolo con todo su carnífico sabor.

En el almuerzo, vi lo que mamá me había empacado, un seco e insípido sándwich de pollo. Intenté comerlo, pero su olor me enfermaba. Adrián, mi amigo, se sentó a mi lado y sacó su lonchera. Era un tupper grande y estaba cerrado herméticamente. En cuanto lo destapó, dejó salir su olor. Era inconfundible. La madre de Adrián había hecho bolas de carne y le había dado una buena porción. Inmediatamente le dije –Adrián, mi buen amigo, ¿qué te parece si intercambiamos almuerzos? Si quieres, compro algo para que completes- y le guiñé el ojo. Él no parecía estar muy de acuerdo, pero accedió sin problemas. Cuando tuve en frente mío las albóndigas que le habían preparado, mis ojos se abrieron y mi boca se hizo agua. Cinco albóndigas con pastas que llenaban todo el tupper. Probando la primera supe que estaban deliciosas. No tardé en devorarlas todas.

Mas tarde, en clase, empecé a sentirme un poco extraño. Sentía mucho calor y mis manos comenzaron a sudar. Le pedí permiso al profesor para ir al baño a refrescarme, porque de verdad no podía aguantar más esa sensación tan rara. En el baño, me di cuenta que mi sudor no se veía como siempre, que tenía un color diferente y que era más espeso de lo normal. Me lavé con rapidez las manos, los brazos y la cara, y me sequé con papel. El papel quedó colorado y mojado. Parecía que lo hubieran sumergido en un tazón de salsa de carne. Me di cuenta de que era mi sudor enteramente ¡Que yo mismo estaba sudando salsa de carnes! Salí corriendo aterrorizado, dejé todas mis cosas en el salón de clases y corrí hasta mi casa. Llegué sudando mucho más, dejando marcas de salsa por todo el camino. En casa, me metí al baño, me quité la ropa y entré en la ducha para quitarme toda la salsa que me cubría. El agua me limpió todo el cuerpo y me sentí mucho mejor.

Me acosté en mi cama, asustado aún, pero más tranquilo porque ya no estaba sudando. Pensaba en lo que mamá me había dicho en la mañana -Tú mismo te convertirás en una albóndiga- dijo –Si comes una vez más… Pero eran tonterías, pensé, y cerré los ojos para descansar.

Al despertar, noté que me sentía muy cómodo. De hecho, nunca antes me había sentido tan bien en mi cama. Nada me estorbaba, me sentía libre. Quise apartar las cobijas que tenía encima, pero mis brazos no respondieron. Fue ese el momento en que me di cuenta que no podía sentirlos. Miré hacia abajo y vi que mi cuerpo no era el mismo. Bajo las cobijas se alcanzaba a observar una bola grande que abarcaba toda la cama y que había humedecido todas las sábanas con salsa. No podía moverme, y empecé a gritarle a mamá que viniera a ayudarme. Ahora me daba cuenta. Me había convertido en una albóndiga. ¿Qué me diría mamá al verme así? Seguramente me regañaría por no hacerle caso ese día -¿Qué te pasa?- dijo mamá al entrar apresurada, y en cuanto me vio abrió los ojos espantada y se quedó muda. Yo la miré aterrorizado también, al ver su expresión, y al sentirme convertido en albóndiga.

Después de que hablamos, todo siguió mejor. Mamá resultó ser muy comprensiva conmigo, me dijo que si la hubiera escuchado esto no habría pasado, pero que me apoyaría desde ese momento. Ahora, llevo una vida casi normal. Mamá me ayuda a escribir las historias que me ocurren ahora como albóndiga, y a mis amigos les gusta venir a visitarme. Siempre dicen que mi casa huele muy bien, y nos reímos largamente.

Me alegra que todo haya salido bien, pero, hay algunos momentos, cuando estoy solo, que desearía no ser una albóndiga.

                                                                                                                                    Deiler Molina

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