El hombre y el piano

 


¡Lo sé, estuve ahí! He descendido hasta ese lugar y no sé exactamente cuánto tuve que bajar. ¡Pero lo vi! ¡Sé que estuve ahí!

Fue el sonido de un piano el que me llevó a conocer mi falta de observación. Pasaba por una serie de apartamentos que parecían abandonados. La estructura común y rectangular tenía vidrios rotos o faltantes, y una coloración negra, como de humo. Las entradas vacías, tranquilas, negras, abiertas. De una de ellas venía un sonido, a través de ella se veía un salón. Un salón que contenía únicamente una silla, un hombre y un piano.

El hombre tocaba el piano y yo entré a su lugar. El hombre tocaba y yo sabía que él había notado mi presencia. El pianista terminó suavemente la melodía. Yo estaba de pie y él me daba la espalda. En el silencio me miró y sonrió. Los cabellos blancos dejaban ver, entre ellos, algunos tonos negros que se aferraban a su juventud, tenía la piel morena con unas líneas de expresión profundas, marcadas, inocentes, soñadoras. Una chaqueta de cuero café cubría su torso. El hombre llevó su mano hacia las costillas por dentro de la chaqueta y sacó algo que estaba envuelto en una bolsa de papel. La llevó a su boca, bebió y bajó la cabeza para mirar esa costa que conocía muy bien. Esa costa hecha de teclas era el punto desde el que podría viajarse a cualquier lugar. Él lo decidiría, las teclas lo decidirían; el sonido decidiría mi destino.

Su mano izquierda pisó, con el pulgar y el meñique, dos teclas graves que crearon un piso sobre el suelo del salón. La mano derecha, entonces, jugaba con sus cinco dedos creando un sonido cíclico, y derramaba una calma única; esto yo lo interpretaba como un reposo. Luego se aventuró por el resto de la costa, y pareció escapar de ella. La mano era libre y corría por ella, saltaba por ella y flotaba sobre ella. Los sonidos empezaron a crear escalones físicos y reales que yo percibía con mis ojos, y que aumentaban hacia abajo en cada ocasión que un dedo pisaba una tecla y producía un sonido, y así, los dedos corrían, volaban, caían y se fugaban dulcemente desde cada una.

 Yo no entendía muy bien ahora lo que pasaba, pues cada sonido no distanciaba mucho del siguiente, y en cada ocasión se sepultaban más los escalones que se iban creando. La melodía de las teclas, y la percusión en la tierra que producía cada escalón naciente, repercutían en mi cuerpo como un golpe de sonido macizo, rápido y atronador que me hacía dudar de lo que veía, escuchaba y sentía. ¿Por qué nacían estos escalones? ¿Qué tenía que ver el piano con ellos? ¿Hacia dónde llevarían?

Volvió el reposo. El reposo estaba ahí nuevamente, y se habían formado incontables escalones. Sus colores me dijeron que bajara por ellos. Caminé sobre ellos y brillaban. Brillaban porque estaban hechos de luz. De luz roja, azul, verde y algunos estaban hechos de luz blanca. Los sentía bajo mis pies y ellos brillaban sin afectarse. La luz que salía de ellos caía directamente debajo. Algo la atraía, y el piano, mientras tanto, sonaba.

Descendí por los escalones que se habían creado. Sentí con mis pies cada uno de ellos. Y llegué allí. Y el piano, arriba, sonaba. El nuevo suelo era agua y los escalones, cuando ya no tocaba yo el último, se apagaron.

Estaba completamente oscuro ahora, y en cuanto mis ojos se acostumbraron a la ausencia de luz, vi al frente de mí una Ceiba ¿En la mitad? -¿A quién le importa si estaba en la mitad?- La Ceiba sonaba como el piano mientras despedía luces tenues desde sus hojas y reconocía en ellas los mismos colores de los escalones, sin embargo, por gran diferencia, en menor intensidad. Mis pies estaban sobre el agua. Di un paso.

El talón pisó, se hundía. Ya iba a sumergirse y luego seguiría mi pie entero y mi rodilla y finalmente me iría de frente al agua. Me hundiría en esa agua oscura sólo acariciada por los colores de la Ceiba ¿Qué podría sucederme en su interior? Me tragaría, me succionaría y me haría imposible respirar. El aire empezaría a escasear en mi sangre y pronto tendría que eliminar el que ya tenía en mis pulmones, el que estaba dentro de mí ¡Mi cuerpo me pediría respirar y yo no podría cumplir su mandato! Rodeado por el agua y la oscuridad, burbujas desesperadas saldrían de mi boca y en una inútil batalla con la muerte aspiraría el agua que inundaría mi cuerpo y me haría sentir que ya no sentiría más.

Pero mi talón no se hundió. No terminó de romper el agua o el agua no se dejaba romper por él. Y caminé hacia el sonido. Aunque no había una corriente, no era sencillo caminar por ella. Yo sentía mi peso, pero el agua no se separaba. Me acercaba, caminaba, y la Ceiba sonaba como el piano. Llegué y las cuerdas seguían vibrando.

La madera crujió suavemente y una figura femenina nació del tronco del árbol. Su rostro se desplegó de la madera. Su frente, sus ojos, su fina nariz, su boca… su boca de madera… y el cabello largo de madera, los hombros delgados, los pechos de madera, la cintura de madera y su alma de música.

No me habló. La miré… la toqué…

No me habló. Sentí su cabello, su mejilla izquierda, su nariz, su ceja y llegué a sus arbóreos labios. Sonrió y llevó sus manos bajo su cintura, que era el mismo árbol. Puso sus dedos tranquilamente dentro de él y separó sus dos lados como a una falda, y desde su falda se derramó un sonido que no puede explicarse en lenguas habladas. Pero, y esto es cierto, una nota llegaba nadando, seguida de otra que vibraba más, y esta a su vez era atravesaba y era entonces seguida por un río de notas dulces. Los sonidos empezaron a sentirse más rápidos, se expandían en espiral acuática y, por instinto, tomé su mano.

¡Infinitos soles se encendieron! Yo los veía lejanos e imponentes. La Ceiba y los sonidos se movían, yo me movía con ella y el agua se movía con nosotros. Girábamos alrededor de uno de los soles, así parecía. Lentamente configurábamos una elipsis atraídos por él. Éramos uno más en el espacio y en el tiempo. Nos movíamos lentamente… lentamente… ¡Y entonces lo supe! La vista me confundía, pero el oído me lo mostraba. Eran los soles los que giraban alrededor del árbol y de su música. Eran sostenidos por la mujer y su sonido nebular, eran sostenidos por el hombre y el piano.

Las teclas hicieron vibrar fuertemente las cuerdas para terminar la melodía. Pero la música no se acaba nunca. Los sonidos se crean de la Ceiba y proponen una cantidad infinita de energía que mueve el universo a ritmos marcados. En el solsticio de invierno, por ejemplo, nos movemos a compases de tres cuartos, mientras que en el de verano, a cuatro cuartos. Las nubes nacen de las cuerdas y permanecen altas, elevadas, orquestadas. Y cuando una de ellas se encuentra con una laguna, nace un astro en el espacio. Y La laguna se forma de la flauta, y la cuerda y el agua se acarician, se seducen, y existen. Y las tormentas eléctricas ¡Oh, no temáis a las tormentas! Pues son la forma de percusión más concentrada y perfecta. Esos sonidos azules nos llegan primero al espíritu, que está en el oído, pasan ondulantes por el cuerpo y luego siguen su vida en la tierra. La tierra es percusión, nos movemos a su tiempo. La tierra es energía hecha masa.

 

El piano dejó de sonar y regresé sin notarlo al salón. Volví al salón con la silla, con el piano y con el hombre. No pude decir nada. No debía decir nada.

Me acerqué a él y estiré mi mano como para estrechar la suya.


Deiler Molina

Comentarios

Entradas populares